
La paradoja de la complacencia. Complacer a tus amigos, complacer a tu jefe, complacer a tus iguales. (intersección) Complacer a nadie.
Me relajo. Cuando creo que tengo mi cabeza bien ordenada y todo controlado, me relajo y vuelvo a las rutinas antiguas. Durante toda mi vida siempre he querido complacer a las mujeres que me acompañan, me sale una vena exageradamente altruista y tiendo a anteponer mi pareja a mí mismo. Es un error que llevo cometiendo desde que me empezaron a gustar las mujeres y que, de vez en cuando, tengo que recordar. He llegado a un punto en el que tengo claras las prioridades en mi vida cotidiana, incluso en algunas facetas puedo ser bastante egoísta, pero allí donde soy más vulnerable, donde el cuerpo a cuerpo hace que te retrates, donde la esencia de tu ser esta más desprotegida, allí es donde aparece la complacencia.
Por segunda vez en mi vida, me preparo para un examen de autoescuela, esta vez, para sacarme el carné A.
Desde que recuerdo, siempre que he tenido una pesadilla me veo siendo una presa de un animal o de una persona que quiere matarme… o cazarme. Durante horas corro con todas mis fuerzas, sabiendo que no me queda mucho aliento y que pronto caeré de cansancio. Cada segundo se hace eterno, lleno de ansiedad y miedo, exprimiendo mi cerebro buscando la vía de escape que haga despistar a mi perseguidor. Pero siempre aparece y nunca me deja apenas tiempo para coger aire. Corro y corro y mis piernas cada vez pesan más. A veces veo a gente que podría ayudarme, pero o no puedo gritar o no me escuchan porque están muy lejos. A veces simplemente me ignoran. La desesperación y el pánico cada vez son más intensos, pero debo correr si quiero salvar la vida. Algunas veces cambia el escenario de repente y creo sentirme a salvo, pero el cazador siempre aparece y yo siempre me levanto y sigo corriendo. Hasta que no puedo más.
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